Cambio de enfoque

Hasta hace no mucho tiempo no tenía reparos en hacer y vender reproducciones de mis esculturas. Más bien era mi modus operandi habitual, salvo con las esculturas hechas por encargo.

Lo de diseñar las piezas en el ordenador no quiere decir que fabricarlas sea tan sencillo como darle a imprimir, pero es innegable que facilita el poder fabricarlas más de una vez y que sean casi exactamente iguales (no es imprescindible un ordenador para hacer eso, dicho sea de paso). El grado de exactitud ya depende de la dificultad de ejecución de la pieza y sus particularidades.

Quienes me han comprado esculturas sabían que compraban una reproducción de la pieza original, no numerada, diseñada y fabricada por mí por supuesto, pero no única y además sin límite de serie. No había trampa ni cartón, todo era transparente.

Creo que no tiene nada de malo vender reproducciones, esculturas fabricadas en una fundición industrial en serie o incluso fabricadas a miles en una cadena de montaje en China si quieres, siempre que tus clientes sepan lo que compran, claro. Pero en esta nueva etapa he decidido dejar de trabajar con reproducciones y hacer sólo piezas únicas.

Las piezas únicas tienen un valor, no sólo de verdadera exclusividad desde el punto de vista del comprador, si no que también tienen un valor intangible para el artista que hace que tengan mucho más sentido.

En una entrevista, el eterno, omnipresente y genial Eduardo Chillida contaba una anécdota que me hizo reflexionar sobre el tema y cambiar mi manera de enfocar mi trabajo.

Explicaba que al terminar una de sus magníficas y enormes esculturas en una de las fábricas industriales donde las hacían, probablemente en Reinosa (Cantabria) de donde salieron muchas de ellas, un trabajador hablaba con él sobre el proceso y las dificultades que habían conseguido superar y le decía: la próxima saldrá perfecta. Chillida le contestó: es que ya no haremos otra igual, lo próximo será diferente, algo nuevo.

Ese es el valor de las piezas únicas para el artista. Uno va evolucionando en su búsqueda y progresando, y va dejando un testimonio de su trayectoria en forma de obras únicas, como si fueran hitos ó peldaños. Pero sigue avanzando sin mirar atrás más de lo imprescindible. Repetir lo que ya se ha hecho carece de interés.

Sin embargo, como ya he dicho en un post anterior y es evidente viendo las obras de grandes artistas, uno debe seguir trabajando sobre el mismo concepto para que se produzca esa evolución. ¿Sabías que el famoso Peine del Viento de San Sebastián era el decimoquinto de una serie de veintitrés peines del viento, todos ellos diferentes?

Por eso quien compra una pieza única no está simplemente comprando el  objeto resultado del trabajo de un artista, sino que está invirtiendo en la carrera de ese artista y haciéndose partícipe de su evolución.

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