Cómo empezó todo esto

Como sabes, me dedico a crear esculturas con acero. Y aunque no siempre me he dedicado a esto, la creatividad siempre ha sido parte de mi vida.

De niño me inicié en la música, llegando a estudiar hasta cuarto de solfeo. Empecé con clases de tambor, pasé por la flauta travesera, luego estuve varios años estudiando guitarra y finalmente, ya siendo un veinteañero, la batería, que es el instrumento con el que más he disfrutado sin ninguna duda.

Pero, aunque es fácil soñar con ser una estrella del rock y lo soñé en algunos momentos, casi siempre tuve claro que aquello de la batería no iba a pasar de hobby, y mientras tanto hice lo que todo el mundo hace: estudiar una carrera (Física), trabajar y tratar de prosperar.

Siempre traté de darle salida a mi faceta creativa con la música, lo cual me proporcionó momentos inolvidables junto a muy buenos amigos. Y aparte de nuestra amistad, que es la mejor secuela de aquella época, algún rastro sonoro queda en nuestros archivos digitales que atestigua lo que fuimos y nos permite decir aquello de «ahí queda eso»

Si no se abre, no es tu puerta

Y la puerta de la música no hubo manera de que se abriera. No ya la puerta de una carrera profesional, sino ni siquiera la de una dedicación amateur pero consistente y productiva. Tardé muchos años en darme cuenta de que la puerta no se abriría. Y más años aún en ver que podía y debía llamar a otras puertas.

Ya con treinta y pico, me inicié en el mundo de la soldadura como extensión de mi afición por el bricolaje y el trabajo manual. Una breve incursión en el mundo de la forja tradicional, algo que hice como mera curiosidad, hizo que se abriera delante de mis narices LA PUERTA. 

Era el último día de un cursillo de fin de semana en la Escuela de Herreros de Ramón Recuero, y el maestro me daba indicaciones sobre cómo debía golpear el hierro caliente para conseguir la forma que quería.

Intentaba hacer que un trozo de chapa de hierro pareciera la hoja alargada de una planta. Estuve calentando y golpeando el hierro una y otra vez con muchas ganas y poca destreza, con golpes ineficaces, malgastando mi energía y la del carbón de la fragua durante horas.

Escuela de Herreros de Ramón Recuero

Pero lo acabé consiguiendo. Después de mucho esfuerzo tenía una varilla de hierro con cuatro hojas soldadas a distintas alturas. Una raquítica planta que cambió mi vida. Al finalizar el cursillo me fui a casa más feliz que una perdiz con un gran tesoro en el asiento de atrás de mi opel corsa: mi primera obra terminada.

El mundo de la forja tradicional no es lo mío, pero le debo mucho a esa experiencia, ya que aquella fue la primera cosa en muchos años que empezaba y conseguía terminar sin necesidad de que otros añadieran o retocaran nada. Acababa de entrar, después de años de darme contra un muro, en un universo en el que podría crear cualquier cosa que pudiera imaginar.

Volvía a ser el artista que ningún niño debería dejar de ser nunca. Los días de tijeras y cartulina habían vuelto, solo que ahora la cartulina era el acero y las tijeras hacían mucho ruido y muchas chispas. Niño grande, juguete grande.

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