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Mi primer Salón de Otoño

Por fin empiezo a exponer mis obras al público para que las disfrute en directo y no podía haber mejor comienzo que el 89 Salón de Otoño que celebra la Asociación Española de Pintores y Escultores (AEPE) en la Casa de Vacas, en el Parque del Buen Retiro, en Madrid.

Fue una gran alegría cuando me comunicaron que la pieza que había presentado (Génesis II) había sido seleccionada por un jurado compuesto por artistas y profesionales del mundo del arte. Según los organizadores se habían presentado unas 300 obras, de entre las que se seleccionaron unas 90.

Pero no quedó ahí el asunto. Al cabo de unas semanas recibí una invitación para asistir al acto de inauguración y entrega de premios con una sospechosa insistencia en la importancia de que confirmara mi presencia. Y efectivamente, el motivo era el que se podía sospechar: ¡Me habían concedido un premio! Concretamente la Medalla de Escultura Carmen Alcoverro y López.

El día de la inauguración pude ver toda la exposición y la verdad es que me quedé impresionado. La calidad de los trabajos me pareció tremenda. Me gustaron especialmente las obras de Odnoder y la impresionante escultura en bronce de Carlos Ximé. A ambos los pude saludar personalmente.

Este reconocimiento sin duda es un chute de ánimos para continuar con mi trabajo y para aspirar a superarme como artista. Espero poder participar en más ediciones.

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Cambio de enfoque

Hasta hace no mucho tiempo no tenía reparos en hacer y vender reproducciones de mis esculturas. Más bien era mi modus operandi habitual, salvo con las esculturas hechas por encargo.

Lo de diseñar las piezas en el ordenador no quiere decir que fabricarlas sea tan sencillo como darle a imprimir, pero es innegable que facilita el poder fabricarlas más de una vez y que sean casi exactamente iguales (no es imprescindible un ordenador para hacer eso, dicho sea de paso). El grado de exactitud ya depende de la dificultad de ejecución de la pieza y sus particularidades.

Quienes me han comprado esculturas sabían que compraban una reproducción de la pieza original, no numerada, diseñada y fabricada por mí por supuesto, pero no única y además sin límite de serie. No había trampa ni cartón, todo era transparente.

Creo que no tiene nada de malo vender reproducciones, esculturas fabricadas en una fundición industrial en serie o incluso fabricadas a miles en una cadena de montaje en China si quieres, siempre que tus clientes sepan lo que compran, claro. Pero en esta nueva etapa he decidido dejar de trabajar con reproducciones y hacer sólo piezas únicas.

Las piezas únicas tienen un valor, no sólo de verdadera exclusividad desde el punto de vista del comprador, si no que también tienen un valor intangible para el artista que hace que tengan mucho más sentido.

En una entrevista, el eterno, omnipresente y genial Eduardo Chillida contaba una anécdota que me hizo reflexionar sobre el tema y cambiar mi manera de enfocar mi trabajo.

Explicaba que al terminar una de sus magníficas y enormes esculturas en una de las fábricas industriales donde las hacían, probablemente en Reinosa (Cantabria) de donde salieron muchas de ellas, un trabajador hablaba con él sobre el proceso y las dificultades que habían conseguido superar y le decía: la próxima saldrá perfecta. Chillida le contestó: es que ya no haremos otra igual, lo próximo será diferente, algo nuevo.

Ese es el valor de las piezas únicas para el artista. Uno va evolucionando en su búsqueda y progresando, y va dejando un testimonio de su trayectoria en forma de obras únicas, como si fueran hitos ó peldaños. Pero sigue avanzando sin mirar atrás más de lo imprescindible. Repetir lo que ya se ha hecho carece de interés.

Sin embargo, como ya he dicho en un post anterior y es evidente viendo las obras de grandes artistas, uno debe seguir trabajando sobre el mismo concepto para que se produzca esa evolución. ¿Sabías que el famoso Peine del Viento de San Sebastián era el decimoquinto de una serie de veintitrés peines del viento, todos ellos diferentes?

Por eso quien compra una pieza única no está simplemente comprando el  objeto resultado del trabajo de un artista, sino que está invirtiendo en la carrera de ese artista y haciéndose partícipe de su evolución.

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Cómo empezó todo esto

Como sabes, me dedico a crear esculturas con acero. Y aunque no siempre me he dedicado a esto, la creatividad siempre ha sido parte de mi vida.

De niño me inicié en la música, llegando a estudiar hasta cuarto de solfeo. Empecé con clases de tambor, pasé por la flauta travesera, luego estuve varios años estudiando guitarra y finalmente, ya siendo un veinteañero, la batería, que es el instrumento con el que más he disfrutado sin ninguna duda.

Pero, aunque es fácil soñar con ser una estrella del rock y lo soñé en algunos momentos, casi siempre tuve claro que aquello de la batería no iba a pasar de hobby, y mientras tanto hice lo que todo el mundo hace: estudiar una carrera (Física), trabajar y tratar de prosperar.

Siempre traté de darle salida a mi faceta creativa con la música, lo cual me proporcionó momentos inolvidables junto a muy buenos amigos. Y aparte de nuestra amistad, que es la mejor secuela de aquella época, algún rastro sonoro queda en nuestros archivos digitales que atestigua lo que fuimos y nos permite decir aquello de «ahí queda eso»

Si no se abre, no es tu puerta

Y la puerta de la música no hubo manera de que se abriera. No ya la puerta de una carrera profesional, sino ni siquiera la de una dedicación amateur pero consistente y productiva. Tardé muchos años en darme cuenta de que la puerta no se abriría. Y más años aún en ver que podía y debía llamar a otras puertas.

Ya con treinta y pico, me inicié en el mundo de la soldadura como extensión de mi afición por el bricolaje y el trabajo manual. Una breve incursión en el mundo de la forja tradicional, algo que hice como mera curiosidad, hizo que se abriera delante de mis narices LA PUERTA. 

Era el último día de un cursillo de fin de semana en la Escuela de Herreros de Ramón Recuero, y el maestro me daba indicaciones sobre cómo debía golpear el hierro caliente para conseguir la forma que quería.

Intentaba hacer que un trozo de chapa de hierro pareciera la hoja alargada de una planta. Estuve calentando y golpeando el hierro una y otra vez con muchas ganas y poca destreza, con golpes ineficaces, malgastando mi energía y la del carbón de la fragua durante horas.

Escuela de Herreros de Ramón Recuero

Pero lo acabé consiguiendo. Después de mucho esfuerzo tenía una varilla de hierro con cuatro hojas soldadas a distintas alturas. Una raquítica planta que cambió mi vida. Al finalizar el cursillo me fui a casa más feliz que una perdiz con un gran tesoro en el asiento de atrás de mi opel corsa: mi primera obra terminada.

El mundo de la forja tradicional no es lo mío, pero le debo mucho a esa experiencia, ya que aquella fue la primera cosa en muchos años que empezaba y conseguía terminar sin necesidad de que otros añadieran o retocaran nada. Acababa de entrar, después de años de darme contra un muro, en un universo en el que podría crear cualquier cosa que pudiera imaginar.

Volvía a ser el artista que ningún niño debería dejar de ser nunca. Los días de tijeras y cartulina habían vuelto, solo que ahora la cartulina era el acero y las tijeras hacían mucho ruido y muchas chispas. Niño grande, juguete grande.

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Continúa la saga

Una de las cosas que estoy haciendo estos meses, y que voy a seguir haciendo, es profundizar en los conceptos e ideas que tengo sobre la mesa, tirar de cada hilito a ver hasta dónde llega. Creo que de esta forma voy a tener resultados más interesantes, porque tendrán un fundamento y un desarrollo. 

Materializar una idea y ponerse a buscar otra es una buena manera de explorar nuevos hilos de los que tirar, pero creo que me quedaría en la superficie y acabaría teniendo un abanico de ocurrencias más o menos acertadas con poca cohesión.

En el anterior post te contaba que estoy explorando ideas desarrolladas a partir de dodecaedros y algún que otro poliedro. Otra cosa que estoy haciendo es revisar una idea que podría decir que es uno de mis clásicos, valga la expresión.

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Toro III

Se trata de este Toro, que quizá hayas visto. Es más bien una serie desarrollada sobre un dibujo inicial, que tiene ya cinco miembros. Fue una de mis primeras piezas en acero corten.

Este verano estuve trabajando en el diseño buscando darle un enfoque diferente a la idea y como resultado de ese trabajo he sumado estas dos nuevas piezas a la saga.

Ya ves que lo que he hecho, respetando la idea original y las proporciones, ha sido introducir formas curvas que le dan un carácter diferente de las ediciones anteriores.

En el caso del Toro V (derecha) casi se puede decir que es un concepto totalmente nuevo. Aunque se pueden apreciar las secciones que lo forman, que ya no son cuatro como en los anteriores sino tres, están conectadas de manera continua, formando un volumen con sensación de bloque único. Una sola superficie va desde los cuernos hasta el apoyo de la pata trasera sin ángulos, y la arista lateral, que también es curvada, se inclina hacia delante en lugar de hacia atrás.

¿Qué te parecen? ¿Cuál te gusta más? Haz clic aquí para ver toda la saga.

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Tirando del hilo

Hace poco más de un año que entregué una escultura que me encargó un cliente y que consistía en un mural en el que se desenvolvía una cadena de dodecaedros que quedaban incrustados en la superficie. El mural estaba dividido en tres partes y tenía un total de 9 metros de longitud.

Además la figura estaba comprimida, lo cual tenía un doble objetivo: crear una sensación de perspectiva algo extraña, ya que el cerebro del espectador tiende a interpretar que está viendo poliedros regulares cuando no lo son, y que la escultura sobresaliera menos de la pared, haciéndola también más atractiva a corta distancia y reduciendo el esfuerzo de los anclajes.

Reconozco que a esas alturas no tenía yo mucha experiencia en eso de crear una escultura por encargo, pero lo cierto es que la idea surgió más fácilmente de lo que esperaba cuando el cliente me enseño su jardín y me dijo que quería algo para la pared del fondo, aunque, como es lógico, no sabía qué exactamente. 

Supongo que debió ayudar mucho el carácter del cliente, una persona con la que resultaba fácil dialogar y congeniar. Buscando alguna idea que encajara bien con el diseño del mobiliario e indagando en los gustos del cliente le hice esta propuesta y, con algún matiz, acabó cuajando.

El proceso de fabricación en sí fue todo un reto, ya que nunca había hecho algo tan grande y de echo me acerqué mucho a los límites de lo que podía hacerse en mi recién estrenado taller de 35 m2. Tuve que hacerme una grúa con ruedas para manejar las piezas. Con eso creo que te haces una idea de lo que fue.

De la instalación definitiva se ocupó el paisajista Fernando de Miguel, que fue quien había diseñado y realizado el jardín (una gozada, dicho sea de paso) y nos puso en contacto al cliente y a mí.

El caso es que ese concepto me gustó y supe que algún día volvería sobre ello. Se ha hecho esperar, pero este mes por fin he encontrado el tiempo necesario para trabajar ideas sobre esta base y ver a dónde llego. Al mismo tiempo voy aprendiendo a manejar nuevas funciones del software de diseño 3d que utilizo, lo cual a su vez me abre nuevas posibilidades. Todo va de la mano.